miércoles, 26 de noviembre de 2008

Mi Itv personal

Hoy me he saltado a la torera un pequeño nubarrón. Tocaba después de un año y, aunque estaba algo preocupado por la incertidumbre, tenía confianza en no salir mal parado. Sé que la puta tormenta sigue ahí, recalcitrante y pesada. Sé también que año trás año tendré que seguir capeando nubarrones feos, pero soy fuerte, me hace fuerte todo lo que me rodea y en especial mi niña. También sé que es probable que un día descargue la tormenta. Me joderá en cierto modo, pero nunca podrá arrebatarme lo que ya he encontrado, lo que he conocido y lo que ahora siento. Por lo demás, hace un frío que pela, pero tengo para cenar un reconfortante caldo y unos fresquísimos salmonetes. A mí con tormentas...

viernes, 21 de noviembre de 2008

LLUEVE

Que llueva, que llueva.
La virgen de la cueva.
Los pajaritos cantan,
las nubes se levantan.
Que sí, que no.
Que caiga un chaparrón.
Y llueve y sigue lloviendo. No recuerdo desde cuándo, pero creo que fué hace mucho. Me llueve en los pies que se me blanquean y arrugan. Me llueve en la nariz y en la calva, que es una santa. Me llueve en el ánimo y me sigue lloviendo en el desánimo. Si pudiera quedarme en casa vería llover y me importaría menos que un ventilador ya roto. Pero tengo que sentir llover en mis brazos, en los bajos de mis pantalones, subiendo la humedad como la marea, como una estúpida esponja que más le valiera quedarse quieta. Ahora mismo también llueve, y hace un rato también llovió, y dentro de un rato también lloverá, y al acostarme seguirá lloviendo, pero seré más fuerte y gozaré de mi victoria, pero mañana seguirá lloviendo y la lluvia se burlará de mi pírrica victoria, pero yo me burlaré de la lluvia por su pírrica victoria cuando arcos de iris enmarquen la playa.

sábado, 15 de noviembre de 2008

POEMA AL CANTO ...

A las ocho recibo un sopapo
de radio que no me agrede,
pues estaré contigo.
Más tarde deslizo la Gillette
como el que esquía con precaución,
y me acuerdo de tu piel,
puro nácar caliente.
Después viene la sirena de la fábrica
que destroza expectativas
y rompe esquemas triviales
que aún no me atrevo a construir.
Pero volveré a tu lado.
Me alimento de ti a las dos y cuarto.
dejándome ganar por tu voz completa.
Y otra vez la sirena que me aleja de tus ojos;
Y otra vez a pensar en tu boca que no está;
Y otra vez que veo tu alma
como un santuario en la jungla,
como un reducto para héroes
que saben estar.
A las siete te abrazo.
A las nueve menos veinte
te empiezo a echar de menos y te beso.
Te alejas en un diecisiete estricto
que sólo me deja verte pasar entre ventanillas.
A las diez no se cómo cortar el vínculo técnico,
esas manitas que nos hacemos a lo lejos.
Luego viene el dejar las armas,
el desvestirse sin pudor por el hábito,
el carpetazo a tu cuerpo y tu palabra
y la recalcitrante ruleta
del sueño que no resuelve.
Sn.Sn. 15-11.08

miércoles, 12 de noviembre de 2008

TIMOS: EL SORDOMUDO

Un "sordomudo" entra en un comercio aprovechando que no hay clientela. Por gestos y emitiendo los clásicos sonidos de un sordomudo real, adquiere productos por un precio considerable. Paga y sale del comercio "olvidándose" en el mostrador algún objeto: la cartera, una cazadora, etc.
El comerciante, al ver el objeto olvidado, sale trás el sordomudo. Como no puede llamarle, pues no le oirá, aligera el paso hasta llegar a la altura del cliente olvidadizo. Le toca en el hombro para llamar su atención y el sordomudo se pega un susto, se lleva la mano al corazón y se deja caer al suelo con la mirada perdida.
Naturalmente el comerciante le presta su ayuda y trata de reanimarle. Pasan un par de minutos hasta que el sordomudo "vuelve en sí", le agradece con gestos la atención del comerciante y se va.
Cuando el comerciante vuelve a su tienda, se encuentra con la caja desvalijada.
Ingenioso ¿verdad?. Son listos los joíos timadores.
Este timo acaba de darse recientemente en la persona de un carnicero.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

UN POEMA ¿VALE?

Ahora que no te tengo a tiro de beso,
devuélveme la distancia que te has llevado.
Deja al menos que encoja el espacio vacío,
el paisaje atónito y la geografía solitaria.
Me queda tu halo, tu cola de estrella,
el sonido que deja tu decisión.
Imagino farolas que se apagan,
peatones de plástico que se recogen en cajas,
árboles que se vuelven a tu paso
para acompañarte con la mirada.
Y la luna que no está y la mar que se aleja
me acompañan una vez más a la cama,
a esa especie de pensadero ordenado,
a ese calor que no necesito cuando estás,
a ese hueco que esculpe Chillida en el cielo.
Pero mañana vendrás con todo
y devolveremos al entorno las distancias,
las sombras a las siluetas que nos rodean
y a los árboles su verticalidad más razonable.
Entonces nos besaremos claramente
en el continuo discurrir de las mareas,
y la luna volverá, y volverán las farolas
para alumbrar, amables, lo cotidiano.
Y aunque vuelvas a llevarte lejos,
siempre volverá la brisa
a traerte de nuevo.

sábado, 1 de noviembre de 2008

CONFESIONES

Confieso que nunca me gustó confesarme.
En los jesuítas, allá por el año 67, teníamos confesión voluntaria todos los jueves a las doce y media. Lo cierto era que yo, educado en ese colegio y en mi familia, seguía con bastante disciplina las normas católicas, es decir: no cumplía con muchos de los mandamientos, pero era consciente de que estaba "pecando". Ello hacía que me sintiera en la obligación de confesarme periodicamente.
La ocasión era perfecta porque los jueves a esa hora teníamos estudio, de esos largos, tediosos e inútiles estudios donde en lugar de estudiar, dedicaba todo el tiempo a la ensoñación y al vuelo mental. Lo malo era que costaba cierto esfuerzo mantener el tipo de estudiante aplicado. Los codos apoyados en el pupitre, las manos sobre las sienes en actitud de concentración y esfuerzo, y una matemática distribución del tiempo para pasar página de vez en cuando y lograr un disimulo perfecto. Supongo que el hermano Partarríe (el patata) pensaría de mí que era un zoquete mental, pues tanta aplicación no se reflejaba en mis calificaciones.
Cuando el patata nos decía aquello de: "los que se quieran confesar que salgan". La verdad es que no salíamos demasiados, quizá porque a mis compañeros pardillos les daba apuro que se les tildara de pecadores. A mí y a otros cuantos nos daba sin cuidado. Era media hora de escaqueo.
Y allí que nos íbamos a la capilla de la iglesia (porque no nos permitían esperar en el patio) donde nos esperaba el padre Van Der Meer. Nos sentabámos en los bancos e íbamos confesándonos por turnos. Ni que decir tiene que yo siempre era el último, porque según terminabas tenías que volver al estudio.
El padre Van Der Meer, al que apodábamos "el pulpo" era un corpulento y anciano cura que había venido hace años desde Bélgica. Cuando te arrodillabas en la frontal del confesionario (las rejillas laterales estaban reservadas para el sexo femenino) y te cubría la cortinilla de terciopelo granate, él te atraía hacia sí so pretexto de que estaba un poco sordo. Pegaba su cara sudorosa a la tuya y comenzaba el sacramento. En lo tocante a mí siempre era sospechosamente igual: "ave María purísima, hace una semana que me he confesado, he dicho mentiras a mis padres, he dicho palabrotas, he robado dinero a mi madre y tenido pensamientos impuros". "¿Sólo pensamientos?" -me preguntaba el pulpo- "¿no te has tocado?" "no" -respondía firmemente. De aquella aún no me tocaba.
La penitencia siempre era la misma: tres padrenuestros y tres avemarías, que cumplía in situ para perder más tiempo.
Jamás existió en mí un ánimo generalizado de contricción, por lo que supongo que no se me habrán perdonado aún aquellos pecados.
¡A ver qué vida!

lunes, 20 de octubre de 2008

CUENTO 01

Eran ya las ocho y media de la tarde y sólo me quedaba un saldo de treinta y ocho sílabas.
El día había comenzado antes de lo debido, pues me fui a la cama bastante tarde. No era para menos, pero debí ser más consecuente y no permitir que ni el cubalibre ni Juanjo me soltaran la lengua.
Tendrían que modificar los contadores para ponerse en marcha a la hora en que comenzamos la jornada y no a la hora en que comienza el día. El Sindicato de Solteros lo había solicitado ya hace tiempo y desde el Central se aseguraba que lo estaban estudiando. Cuando lo del habla en sueños, tardaron por lo menos año y medio en suprimirlo.
Durante la última parte de la reunión estuve muy poco participativo. Noté que el Delegado Norte buscaba mi apoyo con la mirada. Lo siento Andrés, tenía que economizar. Había tenido una mañana demasiado ajetreada: la reunión con CEMASA, la conferencia con Buenos Aires, la pre-reunión con Recursos Humanos y mi ponencia ante el Consejero Delegado… Había gastado demasiado.
Miré una vez más el reloj y recogí el abrigo cerciorándome una vez más de que la llevaba en el bolsillo.
Saludé con la mano a julia en un gesto de despedida.
-¿Para qué hora necesitas el balance?-me preguntó.
-Cuanto antes –respondí lacónicamente.
-Vale, hasta mañana jefe.
Sonreí moviendo la cabeza en un gesto de “igualmente” y salí por la puerta. A veces resultaba incómodo quedarte sin saldo, pero no era cuestión de ir dando explicaciones, y menos a tu secretaria. Eso sería darle demasiada confianza.
En la calle hacía un frío que pelaba. Tenía tiempo y no estaba nervioso así que me paré en el Tabern a comprar tabaco.
-Crianza –le dije al camarero al tiempo que dejaba en el mostrador un billete de cinco euros.
En cuanto me dio el cambio me dirigí a la máquina de tabaco y chascando los dedos llamé la atención del camarero más joven para que activara la máquina.
-¿Qué tabaco quiere? –me preguntó.
-Habanos –le repuse mordiéndome los labios.
-Ah, vale. Entonces sáquelo de la máquina. Es que el tabaco rubio lo tenemos en el mostrador.
Pues qué bien, pensé molesto.
Bebí un sorbito de Marqués de Vitoria y pensé en mi hermana. Pobre. Qué injusta y dramática es la vida.
-¡Gonzalo, mecagüen la mar!
¡Mierda! me giré y vi con horror a Paco Alonso abalanzándose hacia mí con los brazos abiertos.
-¡Coño, Paquito! –balbuceé sorprendido e incómodo.
Mecánicamente me llevé la mano al bolsillo.
-¡Cuánto tiempo sin vernos!
Asentí con la cabeza.
-Me enteré de lo de tu hermana. Lo sentí mucho.
-Gracias – dije un poco obligado.
-¿Cuándo fue, en marzo o en abril?
-En mayo –contesté sin darme cuenta.
-Qué tragedia. Oye, pídeme un Pampero con Kas de naranja que voy a mear.
Y se fue escaleras abajo sin darme tiempo a protestar.
El camarero, con las manos apoyadas en el mostrador me miró.
-Pampero Kas naranja –le dije.
-¿Copa, vaso ancho ó vaso de tubo?
Me encogí de hombros haciendo un gesto de “no lo sé”.
El camarero seguía mirándome inquisitivo.
-Copa –le dije para que me dejara en paz.
Miré el contador. Sólo nueve sílabas. Me sobraban dos.
No esperé a Paco, salí deprisa sin mirar hacia atrás. Eran las nueve menos diez. Estaba en hora.
Apresuré el paso algo nervioso pero firmemente decidido.
Al doblar por General Aguirre tropecé con fuerza con un anciano. Casi lo tiro al suelo.
-¡Oiga! –protestó asustado.
-Tenga más cuidado, casi me tira al suelo.
Por un momento fui a decir “lo siento”. Me contuve y acerté al decir:
-Perdón.
Ya eran menos cinco. Me instalé junto al portal, mirando un escaparate de electrodomésticos. De nuevo hice la última comprobación en el bolsillo.
-Me dice la hora por favor –me abordó un joven.
Miré inquieto al portal. Nada. Me subí la manga izquierda para mostrarle el reloj.
-Gracias –y se marchó.
No me dio tiempo a volver a mirar las ofertas en frigoríficos. Se abrió el portal y apareció él. Le seguí unos pasos hasta acercarme lo suficiente, mientras repetía de memoria lo que le iba a decir.
Justo antes de llegar a la esquina di un par de pasos rápidos. Con mi mano izquierda agarré su pelo con violencia y le giré hacia mí mientras sacaba la pistola del bolsillo del abrigo. Pude ver su rostro de sorpresa y sus ojos muy abiertos y asustados. Coloqué el cañón del arma contra su frente pálida y le grité con rabia:
-¡De parte de mi hermana!

sábado, 18 de octubre de 2008

ESTOY PREOCUPADO

Algo está pasando y no se lo que es.

miércoles, 15 de octubre de 2008

DESDE MI VENTANA

Atardecer corto de junio
como paleta sublime
que roba minutos,
como acuarela fresca
que no se acartona,
que no devuelve luces a la luna
e ignora su cometido.
Pequeño fulgor que anuncia,
bocanada de salitre que itera
viejas noches e intemperies.
Desparrame de colores por el cielo.
Reflejos de plata trás la arena
que recoge caliente la espuma.
Horizonte firme y delineado
como las tres menos cuarto
de un reloj cualquiera.
Y yo apostado en mi ventana
como centinela de tu paréntesis,
como vigía de andamios habitados,
como un tornasol que se gira y te mira,
se enciende y se apaga despacio
por no despertar a las albas.

miércoles, 8 de octubre de 2008

EL ASCENSOR (y 2)

Ayer por la tarde me senté a escribir esta segunda y última entrega de "el ascensor".

Os empecé a contar lo fascinante pero superfluo que me pareció en su día, que en casa de mi padrino, Luis León, hubiera ascensor y montacargas.

Luego me referí al ascensor de la casa de mi amigo "el Piescu". Era el primer ascensor que se ponía en Llanes y para mi pandilla, el montar en él, resultaba un plan alternativo de aventura.

Más tarde os conté que hace años escribí un relato que se llamaba "el ascensor", donde describía un ascenso lento y sofocante, plagado de descripciones exahustivas de todo aquello que el protagonista veía.

Continué, planteando mi teoría de los cambiadores de paisajes, en la que imagino que mi perra Pipa creía a pies juntillas: Al entrar y salir de una habitación, todo sigue igual. Sin embargo en un ascensor la cosa cambia.

Por último, hacía una reflexión al hilo de mi teoría: ¿los ascensores son también cambiadores de vidas? ¿Suceden las mismas cosas cuando optamos por subir por las escaleras que si elegimos subir en ascensor?

¿Acaso alguien tiene la certeza de que la lucecita del frigorífico se apaga cuando cerramos la puerta?

Todo esto os escribí, pero de un modo más extenso y más descriptivo. Lamentablemente al final del escrito pulsé sin querer nosequémalditatecla y se me borró todo.

En ese mismo instante recordé que había dejado al fuego lento una cebolla pochando, que serviría de base y acompañamiento a la, quizá, última rodaja de bonito de la temporada. Cuando llegué, vi con desesperación que la cebolla estaba totalmente calcinada. Me abalancé a la despensa para comprobar con horror que esa cebolla era la última que quedaba.

Me fuí a la cama bastante molesto.

Aún me dura al recordarlo ahora.